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Introducción a la criptografía clásica: Cómo se ocultaban los secretos

Los secretos existen desde que existe el hombre, por tanto, intentar ocultarlos es un arte practicado desde el principio de la Humanidad.

Desgraciadamente, las guerras han sido, desde siempre, el motivo por el que mejorar mucha de la tecnología que conocemos actualmente. La necesidad de ser más letal, rápido, inteligente y mejor que el enemigo, con herramientas cada vez más sofisticadas, ha hecho que inventos a los que en un principio no se les concedió demasiada importancia, fueran desarrollados hasta el límite si se les vislumbraba una aplicación que permitiera un mínimo de superioridad con respecto al contrario.

No ha sido menos con la criptografía, que comenzó como arma de guerra y actualmente, en la contradictoria “sociedad de la comunicacion” (que cuánto más pueden, menos se comunican realmente sus miembros entre sí, y en vez de intercambiar ideas se dedican a lanzarlas unos contra otros) se utiliza como medio para conservar el derecho a la intimidad.

Los romanos, que sin duda presumían de una matemática muy avanzada, ya conocían ciertos “trucos” para traspasar información de un lugar a otro sin que el enemigo pudiera conocerla.
Por ejemplo, durante las guerras, para avisar a ciudades lejanas o a otros ejércitos que combatían en otras tierras de los posibles peligros o de la próxima estrategia a seguir por sus soldados, usaban a un emisario a caballo que se desplazaba entre los distintos puntos. El emisario (por supuesto los jefes no) corrían el riesgo de ser atrapados durante la marcha y que su mensaje fuese descubierto. Idearon entonces una manera de hacer que esta información fuese leída sólo por su destinatario, con el que habían acordado ya el sistema criptográfico. La más sencilla consistía en un simple intercambio de letras. Cada letra del mensaje era sustituida por la sucesiva (o la siguiente) en el orden del abecedario. Este sistema, aunque simple, impedía que la mayor parte de los soldados enemigos o propios (en su mayoría analfabetos, y si sabían a duras penas leer, pocos podían imaginar el sistema de “cifrado”) pudiesen entender el mensaje. Este sistema se llamó “de Julio Cesar”, gran estratega que se sirvió de la criptografía para ganar batallas y conquistar ciudades.

Las técnicas fueron mejorando según la civilización, dando lugar a un curioso método: el de la escítala. Fueron los griegos los que idearon este sistema, mucho más ingenioso e innovador que el de Julio Cesar. El mensaje se escribía sobre una cinta de tela, enrollada cuidadosamente sobre un palo de madera de un cierto grosor. Al desenrollar la cinta, el mensaje se perdía entre los pliegues de la tela, volviéndolo ilegible para cualquiera que no supiese cómo había sido escrito. El receptor del mensaje tenía que tomar la tela y volver a enrollarla en un palo del mismo grosor, comenzando por un lugar exacto donde se hacía una marca especial que sólo conocían entre el emisor y receptor. En este sistema, el “grosor” de la estaca se podría considerar la clave maestra que cifraba el mensaje.
 
Estos métodos tradicionales se mantuvieron durante mucho tiempo. Si bien se mejoraron, especialmente los basados en el cifrado César, pues la permutación de letras en el mensaje permite un número casi infinito de combinaciones.

Ya en el siglo XX, durante la I Guerra Mundial, no cabía ingenuidad ni sistema de transposición de letras que no pudiese ser violado por los servicios de inteligencia de uno u otro bando. Por tanto, era necesario recurrir a sistemas mucho más eficaces para cifrar la información. Se consiguió, sin necesidad de ordenadores ni capacidad desbordante de cómputo, un tipo de cifrado que, en teoría, resultaba inviolable por definición. Se conocía por Cifrado Verman o “one time pad”, haciendo referencia a que sus contraseñas eran de un sólo uso. Su fortaleza consistía en esto precisamente, que no existía una clave concreta que descubrir, sino que cada mensaje cifrado hacía uso de su propia contraseña. Como ya he dicho en alguna ocasión, para poder cifrar un mensaje es necesario: el mensaje, un algoritmo de cifrado y una contraseña. Si el algoritmo es público, el atacante debe centrarse en el descubrimiento de la contraseña, y si la contraseña cambia en cada mensaje… ¿para qué descubrirla? Si se intercepta otro mensaje, será inútil.

Se basa en que ambos comunicadores poseen lo que se puede ver como una “gran clave” compuesta por un conjunto casi infinito y no repetitivo de letras realmente aleatorias. Ambos mantienen una copia idéntica de este largo listado de letras o números o caracteres, o todos combinados. Cada vez que alguno de ellos desea cifrar un mensaje, debe usar una parte, de longitud variable, de ese listado, normalmente el comienzo. Se podría ver como “arrancar” una parte de una “cinta” que contiene una ristra de números. Ahora, esa parte “arrancada” será la contraseña que se combinará con el texto (mediante un algoritmo) para obtener un mensaje cifrado. El algoritmo puede ser cualquier operación matemática permitida entre letras (o números, pues son fácilmente identificables unos con otros, trabajando con binarios). Por ejemplo, se pueden sumar las letras, o multiplicarse y el receptor, para descifrarlo, deberá realizar la operación inversa.

Cuando el mensaje llega a su destino, el receptor deberá usar una parte extraída de su “gran clave” de igual tamaño para poder realizar el proceso inverso y extraer del mensaje el texto plano. Una vez usadas ambas pequeñas partes de la “gran clave”, son descartadas para siempre, utilizando cada vez una parte distinta aunque consecutiva. Así, la clave no sólo varía de por sí, sino que el tamaño también puede cambiar, haciendo completamente imposible para un atacante conocer el mensaje cifrado, pues aunque conozca el algoritmo siempre le faltará un parámetro de la ecuación. Este es el único sistema absolutamente indescifrable siempre que la “cinta” se use una sola vez. Si hablamos de principios de siglo, se usaban cintas físicas, pero ¿su punto débil en Internet? La transmisión de esas cintas de datos idénticas entre el receptor y el emisor. Durante, su “viaje”, pueden ser interceptadas. Aquí es donde entran en juego los protocolos y la criptografía simétrica para cifrar, a su vez con contraseñas, las claves transmitidas.

En sucesivos artículos, seguiré hablando de este apasionante mundo de la criptografía.

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...por Sergio de los Santos ...por Sergio de los Santos


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